sábado, 12 de mayo de 2012

A punto de tocar el cielo (su cielo) con sus labios; con los ojos cerrados, dando toda la intensidad al momento. No necesita ver nada más. Solo quiere sentir y vivir ese instante en que el cielo y la tierra se unen  dando forma a una catedral hecha de sensaciones; inmensa, alta. Muy alta. No hay elevación igual en esta vida. No hay instante que se pueda parecer a ese momento de pasión, de deseo, de adoración…


Para él, el sexo de ella es, en ese preciso momento, superfluo. Él va más allá: quiere dejar su beso en el lugar exacto, en el centro mismo del cuerpo que acoge el alma que venera. Está a punto de unir sus labios a ese trocito de piel que guarda
el alma de quien se ha convertido en su única religión...

2 comentarios:

Carla dijo...

La esencia está en el alma que late y que siente lo que la piel habla, escucha y calla.

Besos.

roy dijo...

Cunado esos labios lleguen a la piel a la que se acercan, no querrán separase; ni ella, la piel, que lo hagan...

besos